OAXACA TIERRA DE GUELAGUETZA Y DE LADRONES DE ABOLENGO

La Mañanera de Sopas de Perico
OAXACA TIERRA DE GUELAGUETZA
Y DE LADRONES. DE ABOLENGO 

Cipriano Bernal Gazdás

Oaxaca, la tierra donde la Guelaguetza no es una fiesta folclórica, sino una danza ritual donde los dioses del presupuesto exigen que los ciudadanos les bailen con las arcas abiertas y las nanches  listas.

Aquí en esta tierra de Dios y María Santísima las dinastías políticas no se heredan con actas de nacimiento, sino con escrituras de notaría chueca y un manual de robos con tanta solera que ya huele a Denominación de Origen Protegida. 

Los Bolaños Cacho y los Murat no gobiernan: administran una hacienda privada donde los oaxaqueños son peones con derecho a aplaudir en los informes de gobierno.

Tomemos de ejemplo  al miserable de Raúl Bolaños Cacho Cué, cariñosamente bautizado como “el chompiras” por esa silueta de rata de laboratorio que solo da tragar a costillas del erario con la consistencia de un rotoplas lleno de billetes. Este “prócer” de la moral pública, con el descaro de quien ya perdió el reflejo en el espejo, anda haciendo campaña para la presidencia municipal de Oaxaca de Juárez. Y no va solo, lo acompaña el diputado chapulín Alejandro Avilés “el botijas” —ese ex priísta de alcurnia cosmopolita oriundo de Cosolapa, donde sus amistades locales harían ruborizarse a Al Capone—. 

Entre ambos preparan  la gran jugada maestra: poner al chompiras de edil para usar el palacio municipal como trampolín y lanzarlo a la gubernatura el próximo sexenio. 

Si los hijos, nietos y bisnietos de esta estirpe no han comprado yates en Mónaco todavía, es porque el día solo tiene 24 horas.

Del otro lado del cuadrilátero de la desvergüenza brilla Ivette Morán de Murat. Con la ligereza espiritual de quien jamás ha pagado un boleto de camión, pretende regresar a gobernar el estado, ignorando convenientemente el pequeño detalle de que su consorte fue señalado como el CEO del infame Cártel del Despojo y dejó un boquete financiero de más de 6 mil millones de pesos que nadie encuentra, salvo en las cuentas bancarias donde el dinero mutó por obra de las manos mágicas. 

Pero no pasa nada: para eso está la gran lavadora nacional, el partido en el poder, que los ha bautizado en las aguas benditas de la Cuarta Transformación, convirtiendo a los peores verdugos del pasado en apóstoles inmaculados de la patria con solo afiliarse a la grey.

Uno se pregunta seriamente de qué material están hechos los adoquines del zócalo oaxaqueño o el alma del ciudadano de a pie, que aguanta estoicamente que unos señores cuya única aportación a la cultura local ha sido vaciar la tesorería decidan quién come y quién se traga el polvo. Los Murat ni siquiera son del estado de Oaxaca; llegaron con maletas de cartón y se van con flota de helicópteros, mientras los locales aplauden porque les tocó una playera y una lona en época electoral.

¿Hasta dónde se les permitirá llegar? Probablemente hasta donde los propios oaxaqueños decidan dejar de actuar como extras en una película de mafiosos donde ellos pagan la taquilla, compran las palomitas y todavía ponen el lomo para que los villanos se sienten a descansar.

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