LOS MALABARISTAS DEL CIRCO DE LA TRAGEDIA NACIONAL CONTINÚAN IMPUNES

La Mañanera de Sopas de Perico
LOS MALABARISTAS DEL CIRCO DE LA
TRAGEDIA NACIONAL CONTINÚAN IMPUNES

Cipriano Bernal Gazdás

En el gran teatro del folclor oaxaqueño, donde las candidaturas se negocian entre nubes de humo de puro y bendiciones de dudosa procedencia, la fauna política siempre encuentra la manera de reinventarse. Y pocas especies resultan tan fascinantes como el espécimen híbrido que conforman Raúl Bolaños Cacho Cué y Alejandro Avilés Álvarez: dos próceres de la simulación que han convertido el arte del chaqueteo chapulineo institucional en una disciplina olímpica, y cuyas trayectorias huelen intensamente a naftalina, impunidad y a ciertos favores inconfesables cocinados en las selvas de Cosolapa.

Aquí no hay ideologías, sino pragmatismo de bajo fondo. Ver a este par de próceres posar de demócratas modernos es como presenciar a un par de carteristas de metro pidiendo aplausos por su destreza manual. Sus historiales están tan limpios como una cantina de medianoche: llenos de lealtades de plástico, traiciones fríamente calculadas y un historial de complicidades que harían sonrojar al mismísimo Maquiavelo de vecindad. 

Cuando el pasado te persigue con el rostro de viejos "amigos" detenidos por sus estrechos vínculos con la aristocracia del narcotráfico más selecta del país, lo prudente sería el retiro silencioso y monacal. Pero no: en el reino de la poltrona, la desvergüenza cotiza al alza.

¿Quién está detrás de este par de hampones de cuello blanco y charretera barata? No hace falta invocar a fuerzas ocultas ni a mentes maestras de la geopolítica. El titiritero real es el sistema de complicidades de toda la vida, esa maquinaria de compadrazgos donde la mano que mece la cuna es la misma que reparte las notarías, los contratos y las franquicias partidistas. Son los engranajes de una partidocracia que recicla su basura bajo el argumento falaz de la "operación política", como si el cinismo legitimara el prontuario.

La gran pesadilla de estos estrategas de café no es la opinión pública —a la que anestesian con discursos huecos y boletines de prensa de redacción mediocre—, sino el eco que empieza a resonar desde el norte. Cuando la maquinaria de la justicia estadounidense decide mover ficha y poner la mira en la clase política mexicana sin distinciones de colores partidistas, a los operadores del viejo régimen se les atraganta el mezcal. Las listas negras del Departamento de Justicia no entienden de fuero local, ni de compadrazgos tropicales, ni de amparos firmados a medianoche.

Mientras tanto, este par de alfiles sigue moviéndose en el tablero con la falsa seguridad de quien se cree intocable, ignorando que el suelo bajo sus pies huele cada vez más a azufre y menos a moqueta oficial. La historia no tardará en dictar su sentencia, y para cuando eso ocurra, los reflectores ya no alumbrarán estadistas, sino a los actores de reparto de una comedia negra que salió demasiado cara.

Los malabaristas del circo de la tragedia nacional continúan impunes.

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