Mañanera de Sopas de Perico
DE ANDAR A RAIZ A JUGAR
RULETA EN LAS VEGAS
Cipriano Bernal Gazdás
El ICAPET donde el talento no se medía por la capacitación laboral impartida al pueblo sabio, sino por la finura del paladar para degustar viandas de más de mil setecientos pesos por cabeza.
Porque un millón dieciséis mil quinientos noventa y nueve pesos no se gastan todos los días, hay que decirlo. Esa cifra redondita, que le provocó un derrame sináptico preventivo a cualquier auditor con tantita decencia, sirvió para demostrar que la burocracia dorada de la Cuarta Transformación local sí sabe consentirse. ¿Talleres de carpintería o soldadura? ¡Por favor, qué vulgaridad! Aquí se vino a hablar de alta alcurnia institucional y de cómo gastar el erario con la elegancia de un jeque árabe en quiebra.
Al frente de esta épica comilona de tres días —la Primera Reunión Nacional de Directores Generales ICAT de marzo de 2023— despachaba Giovanni Jahir Rojas Pacheco, el director general que hoy, fiel a la inescrutable mística de la administración pública, ha ascendido en el escalafón para convertirse en director académico del COBAO. Claro, ¿quién mejor para moldear las mentes de la juventud oaxaqueña que un estratega capaz de justificar que 150 personas se metieran al cuerpo banquetes de ochocientos mil pesos con Banquetes y Catering Lumiere?
Y es que los números son poesía pura, de esa que duele en el bolsillo fiscal. Pagar mil setecientos un pesos con treinta y tres centavos por una cena individual de tres tiempos no es un gasto excesivo; es una inversión patriótica para que los funcionarios no sufrieran desmayos de hambre mientras discutían cómo combatir la marginación. Mil cien por aquí, mil trescientos por allá, más su respectivo toque de box lunches, mobiliario de lujo y hasta cincuenta y ocho mil pesos extra en muebles por si acaso las sillas oficiales no soportaban tanta dignidad junta.
Pero la verdadera magia ocurre después de que la Auditoría Superior de Fiscalización del Estado arquea la ceja, observa que no hay papeles ni comprobantes que avalen el festín, y decide que aquí no ha pasado nada.
Mientras a Jahir lo premian reciclándolo en el Colegio de Bachilleres para seguir vigilando el futuro de Oaxaca, a la entonces directora administrativa, Guadalupe Hernández Jacinto —la fiel celadora de los recursos públicos—, la vida la trató con una generosidad envidiable.
De administrar facturas sin ton ni son en Oaxaca a posar en Las Vegas, Nevada. Pasó de los turgentes aromas de la cocina criolla y la limpieza del Centro Cultural y de Convenciones pagada a Servicios de Limpieza Serdán, a las luces de neón, el tintineo de las fichas de los casinos y el glamur del desierto estadounidense.
¡Qué caray! Dicen que el desierto purifica, pero el de Nevada parece haberle sentado de maravilla a las finanzas personales de quien fuera la encargada de cuidar el cochinito institucional.
Al final, la ecuación oaxaqueña queda intacta: se dilapida más de un millón de pesos en comilonas de altos vuelos, los auditores hacen como que vigilan, los funcionarios involucrados cambian de ventanilla o se van a apostar el resto a la capital mundial del juego, y el pueblo... bueno, el pueblo se queda aplaudiendo la congruencia de un régimen donde la austeridad es un eslogan de campaña y Las Vegas, un destino turístico al alcance de cualquier exadministradora con vocación de magnate.
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