¡LA VORACIDAD DE LOS MURAT!

La Mañanera de Sopas de Perico
EL CLAN MURAT YA SE ACOSTUMBRÓ
A ROBARLE A LOS OAXAQUEÑOS

Cipriano Bernal Gazdás 

La historia reciente de Oaxaca se lee como una crónica de voracidad institucional y descaro político. A la sombra de despachos oficiales y pactos inconfesables, la familia Murat —encabezada por el patriarca José Nelson Murat Casab y continuada por su heredero Alejandro Murat— insiste en mantener sus tentáculos sobre un estado que ha pagado con creces las facturas de su enriquecimiento. Lejos de la autocrítica o el retiro, el clan opera bajo la premisa de que el poder no se entrega; se hereda, se disfraza o se impone.Durante años, la promesa de modernidad en Oaxaca sirvió como telón de fondo para un saqueo sistemático.
 
El paso de los Murat por la administración pública dejó un rastro de triangulaciones financieras y contratos asignados a fantasmas corporativos, evaporando presupuestos destinados al desarrollo social.
Durante la administración de Alejandro surgió una red de corrupción inmobiliaria y notarial plenamente documentada y denunciada, diseñada para arrebatar patrimonios a legítimos propietarios. Sin embargo, en la narrativa de la justicia mexicana, la regla sigue cumpliéndose con trágica precisión: solo los peones pisan la cárcel, mientras los arquitectos del despojo disfrutan de impunidad dorada y el cártel del despojo nunca fue tocado.

 Los señalamientos sobre vínculos con organizaciones catalogadas por Estados Unidos como narcoterroristas añaden una capa de extrema gravedad a un expediente ya de por sí turbio, acusaciones que traspasaron fronteras y en donde la embajada norteamericana en México ha tomado sus medidas como retirarle la visa a Murat Hinojosa, versión documentada por Levy.

Mientras Alejandro intenta mantener reflectores nacionales, es el exgobernador José Nelson Murat Casab quien continúa moviendo los hilos desde bambalinas. Su obsesión actual no conoce límites éticos ni políticos: imponer a su nuera, Ivett Morán de Murat, en la arena pública a costa de lo que sea. Para este grupo, la política es un asunto patrimonial, un coto de caza donde las instituciones son herramientas de protección familiar.

La reacción social, no obstante, comienza a romper el cerco del miedo. El episodio en Huajuapan, donde el heredero del clan fue abucheado y repudiado públicamente —mostrando esa insensibilidad característica que raya en el cinismo—, es el síntoma más claro de un hartazgo popular que ya no está dispuesto a guardar silencios cómplices.

El entramado de complicidades salpica también a otras figuras de la clase política tradicional. Las declaraciones de Héctor Pablo Puga Leyva hechas en el cabildo del ayuntamiento de Oaxaca de Juárez,sobre las responsabilidades morales e intelectuales detrás de tragedias que enmudecen plumas críticas resuenan con fuerza en el altiplano oaxaqueño. Las coronas funerarias enviadas por los mismos que empujaron a la vulnerabilidad, los discursos de falsa amistad ("a ningún amigo lo colocas en una situación de peligro") y el lavado de manos protocolario exigen respuestas claras. Aunque los actores eviten nombrar directamente, el pueblo ya tiene claros los apellidos.

Mientras tanto, en las altas esferas del poder legislativo federal, los protocolarios informes de labores intentan maquillar alianzas inconfesables, pero la espinita de la sospecha ya quedó profundamente clavada en la conciencia ciudadana.

En La exigencia de Oaxaca es tan contundente como irrenunciable: los Murat deben regresar, pero lo que se robaron.

Comentarios