RACISMO EN OAXACA

EL RACISMO NO SE DISFRAZA DE CRÍTICA: LA DIOSA CENTÉOTL AFROMEXICANA Y EL LINCHAMIENTO QUE DELATA A OAXACA

Sayda Morales Bustamante 

Bastó que una mujer afromexicana fuera electa Diosa Centéotl para que Oaxaca mostrara una de sus caras más feas y peor escondidas: la del racismo que se cuelga el disfraz de la crítica para no tener que decir su nombre.

Enid Azucena Torres Agustiniano, originaria de Pinotepa Nacional, representante de los pueblos afromexicanos de la Costa, ganó la representación de una de las figuras más simbólicas de la Guelaguetza. A partir de ahí se ha creado una campaña una campaña de desprestigio disfrazada de reclamo ciudadano. Que si era "arrogante". Que si "volteó los ojos". Que si "no se quiso tomar fotos". Que si "trató mal a la gente". Que si "le quedó grande". Que si "se le subió".

A ninguna Diosa Centéotl en la historia se le ha sometido al escrutinio milimétrico de sus gestos, de sus miradas, de su supuesta actitud. A la primera afromexicana que ocupa el lugar, sí. Y esa selectividad no es casual. Es el mecanismo de siempre: cuando el racismo no puede atacar de frente el color de la piel, ataca el carácter. Inventa una soberbia. Fabrica un desprecio. Construye a la "creída" para no tener que confesar que lo que molesta, en el fondo, es que sea una mujer afromexicana y esté arriba.

Que hoy una mujer afromexicana encarne a la Diosa Centéotl no es un dato menor. Es un acto de justicia histórica. Es la visibilización, en el corazón de la fiesta más importante de Oaxaca, de un pueblo al que se le negó durante generaciones el derecho a existir en el imaginario colectivo. Es la afrenta más grande para quienes se acostumbraron a que los afromexicanos de la Costa fueran decorado y nunca protagonistas.

Hay un sector que no soporta ver a una mujer afro en el centro, con la cabeza en alto, ocupando un símbolo de dignidad. Ese sector no la quiere ahí. Y como no puede decirlo abiertamente sin exhibirse, la ataca por lo único que le queda: por inventarle una personalidad, por acusarla de altiva, por exigirle una humildad que a nadie más se le exige.

Le exigen que agache la cabeza. Que sonría sin descanso. Que se muestre agradecida y pequeña. Que encarne a la mujer afro, dócil, servicial y complaciente, que el racismo tolera mientras conozca su lugar. El problema de fondo no es que haya "tratado mal" a nadie —acusación sin una sola prueba, sostenida en rumores y capturas anónimas—. El problema es que se atrevió a estar ahí sin pedir permiso, sin achicarse, sin actuar el papel de gratitud perpetua que se le exige a quien "no debería" haber llegado.

El fascismo cotidiano, ese que no marcha con banderas pero opera en los comentarios de Facebook, siempre ha querido lo mismo: mujeres sumisas y minorías calladas. Una mujer afromexicana, orgullosa y erguida en un lugar de honor, es exactamente lo que ese pensamiento no puede tolerar. Por eso la linchan. No por lo que hizo. Por lo que representa.

Y no falta, para completar el cuadro, la calumnia política. Que "fue influyentismo del gobernador". Que "se la impusieron". Es el remate perfecto del racismo: si una mujer negra gana, no puede ser por mérito propio, tuvo que ser por acomodo, por dedazo, por favor. Se le niega hasta la capacidad de haber ganado por sí misma. Se asume que su triunfo es sospechoso solo porque no encaja en la imagen que ciertos oaxaqueños tienen de quién "debe" ocupar esos lugares.

Esa insinuación, lanzada sin una sola prueba, es la misma lógica de siempre: al que se desprecia se le niega el mérito. Y a los pueblos afromexicanos se les ha negado el mérito durante toda la historia de este país.

Que quede claro, entonces, de qué lado está la vergüenza. No del lado de Enid Azucena Torres Agustiano, que carga sobre sus hombros la representación de un pueblo históricamente humillado y lo hace con la dignidad de quien sabe lo que significa estar ahí. La vergüenza es de quienes convirtieron su triunfo en blanco de un linchamiento, de quienes disfrazaron su racismo de crítica a una "actitud", de quienes exigen sumisión y la llaman humildad.

Oaxaca se llena la boca hablando de su diversidad, de su riqueza pluricultural, de sus dieciséis pueblos. Pero cuando uno de esos pueblos, el afromexicano, ocupa por fin un lugar de honor, una parte de esa misma Oaxaca no lo aplaude: lo tunde. Y en esa reacción se retrata de cuerpo entero un racismo que preferíamos creer superado y que sigue, intacto, esperando cualquier pretexto para salir.

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