LA GUELAGUETZA SECUESTRADA: LA FIESTA DE LOS OAXAQUEÑOS SE CONVIERTE EN PASARELA DE POLÍTICOS
Sayda Morales Bustamante
Cada julio, la máxima fiesta de Oaxaca se convierte, para un cierto tipo de político, en pasarela. En set fotográfico. En precampaña disfrazada de folclor. Los convites, las calendas, los palcos y las delegaciones se llenan de funcionarios y aspirantes que no van a celebrar la cultura, sino a colocarse ellos mismos en el centro del cuadro. La fiesta pasa a segundo plano; su imagen, al primero.
El caso de la morenista Ana Cecilia Pérez Velásquez, presidenta municipal de Tehuantepec, ilustra con crudeza esta degradación.
Mientras Tehuantepec carga con rezagos profundos y con una inseguridad que golpea a su gente todos los días, la presidenta municipal encontró tiempo y ganas para bailar en los convites de la Guelaguetza como si se tratara de un mono de calenda más. Ahí estuvo, bien dispuesta para la danza y la foto, entregada al espectáculo con una energía que jamás se le ha visto para atender las obligaciones que su cargo le impone.
La imagen es elocuente y ofensiva a la vez: la autoridad municipal convertida en animadora de fiesta mientras el municipio que gobierna espera respuestas que no llegan.
Un presidente municipal no sube a los convites como ciudadano de a pie: sube como representante de un pueblo al que le debe trabajo, no coreografías. Cada hora que Ana Cecilia Pérez Velásquez invirtió en lucirse en la Guelaguetza es una hora que le robó a la agenda de un municipio que se cae a pedazos. Bailar no es el problema; abandonar el cargo para bailar, sí. Confundir la responsabilidad pública con el protagonismo festivo es exactamente el síntoma de una clase política que ve en todo —hasta en la fiesta más sagrada de Oaxaca— una oportunidad de promoción personal.
A la exhibición festiva se suma un señalamiento de una gravedad mayúscula: trascendió que Ana Cecilia Pérez Velásquez habría intentado torcer la justicia en un caso de violencia contra las mujeres. Según esa versión, la presidenta municipal habría gestionado a favor de su maquillista —cuyo hermano se encuentra preso por violencia de género— recomendándolo ante altas autoridades de Morena con el propósito de que el detenido evada la justicia.
No hay contradicción más obscena. La misma funcionaria que se exhibe bailando en la fiesta de todos, sería capaz de operar en las sombras para que un hombre preso por violencia contra una mujer quede libre. La sonrisa para la foto y la gestión para la impunidad. El folclor por delante y la justicia doblada por detrás.
El caso de Tehuantepec es apenas el ejemplo más visible de una enfermedad más amplia. La Guelaguetza se ha ido llenando de políticos que la usan como plataforma, que compiten por el mejor palco, la mejor foto, la mayor visibilidad, mientras las comunidades que verdaderamente sostienen la fiesta —las que bailan, las que preparan, las que viajan desde sus pueblos— quedan relegadas al papel de decorado.
La Guelaguetza no les pertenece a los políticos. Nunca les perteneció. Pertenece a los pueblos que la crearon, la sostienen y la heredan generación tras generación. Pertenece a las delegaciones que suben al Fortín cargando siglos de historia. Pertenece a la gente que llena las gradas por amor a su tierra, no por cálculo electoral.
Recuperar esa esencia exige señalar, sin miramientos, a quienes la secuestran. Exige decirles a los Ana Cecilia Pérez Velásquez de la política oaxaqueña que la fiesta no es su pasarela, que el cargo no es un disfraz de calenda, y que ningún baile borra las obligaciones que le deben a la gente que los eligió.
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Salomón Jara Cruz Gobierno del Estado de Oaxaca Gobierno de México Claudia Sheinbaum PardoSecretaría de Honestidad, Transparencia y Función PúblicaOmar García HarfuchSecretaría de las Culturas y Artes
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