EL POLITÍQUILLO DEL CALDO

#Oaxaca EL SENADOR DEL CALDO Y LA MENTIRA COTIDIANA

Sayda Morales Bustamante 

Cada día, Luis Alfonso Silva Romo monta el mismo numerito. Cambia el caldo, cambia el pueblo, pero el guion es exactamente el mismo: la sonrisa de político en gira, la adivinanza boba de “¿dónde estoy?”, el cierre almibarado de “bonito sábado, amigas y amigos”. Caldo de pescado en Pinotepa. Tres días después, endoco con totopos en otro rincón de la Costa. Puro contenido, cero sustancia, semana tras semana.

Porque hasta donde se puede documentar, eso es todo lo que este senador ha hecho por Oaxaca desde el Senado: comer frente a una cámara.

Que se entienda bien: nadie le reprocha comer en una fonda. Lo que se le reprocha es disfrazar de cercanía lo que en realidad es cálculo puro de mercadotecnia electoral. Silva Romo no es un vecino que pasó por casualidad a saludar. Es uno de 128 senadores de la República, con facultad para legislar, vigilar al Ejecutivo y gestionar recursos para su estado. De ese trabajo —el único que justifica su sueldo y su cargo— no hay rastro. Lo que sí hay, con puntualidad de reloj, es el siguiente caldo.

Y el escenario que usa como fondo no es inocente. La Costa de Oaxaca es una de las regiones más golpeadas del estado: pobreza que no cede, inseguridad, caminos destruidos, pueblos que se vacían porque la juventud se va a buscar lo que ahí no encuentra. Un senador con mínima decencia tendría, en esa realidad, trabajo para toda la legislatura. Silva Romo la usa de set fotográfico, se toma la selfie con el plato humeante, y se larga dejando como único legado un “bonito fin de semana” en el pie de foto.

Eso no es cercanía. Es explotar a la gente como utilería. Tomar prestado su color, su comida y su calidez para fabricar una simpatía barata en redes sociales, mientras el trabajo real —el que exige tiempo, resultados y rendición de cuentas— brilla por su ausencia. La foto no cuesta nada. Legislar sí cuesta, y por eso Silva Romo elige lo primero cada vez.

Y no es un desliz ni una foto suelta: es una estrategia calculada, repetida con precisión de campaña permanente. Mismo formato, misma fórmula, cada semana, sin falta. Eso no lo hace un político distraído: lo hace un operador que decidió, con toda intención, que su relación con el electorado oaxaqueño se resuelve con antojitos y no con iniciativas. Un senador que descubrió que parecer del pueblo rinde más votos que efectivamente trabajar para el pueblo, y que está dispuesto a montar ese teatro cuantas veces sea necesario con tal de no perder el reflector antes de la próxima elección.

Porque de eso se trata, en el fondo: de recolectar simpatía para cobrar en las urnas. Cada caldo es una inversión. Cada “bonito sábado” es una promesa vacía dirigida no a la Costa, sino a la casilla electoral. Un senador que confunde deliberadamente la tribuna con un comedor no es un político cercano: es un oportunista que usa el hambre de reconocimiento de la gente para asegurar su reelección, sin la más mínima intención de devolver algo a cambio.

A un legislador se le juzga por una sola vara: lo que legisla, lo que vota, lo que gestiona, lo que defiende. No por lo bien que finge comer pescado frente a una cámara. Medido con ese único criterio serio, Silva Romo se retrata solo, publicación tras publicación: un senador de utilería, ocupadísimo en construir su imagen y absolutamente ausente del trabajo que juró hacer.

Oaxaca no necesita que lo visiten para la foto del fin de semana. Necesita que lo defiendan donde realmente se decide su futuro. Mientras el senador siga tratando el Senado como pasarela y a su gente como escenografía para la próxima campaña, seguirá quedándole a deber al estado que dice representar — y cobrándole, cada tres años, el favor de haberle sonreído desde un plato de caldo.

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