BUITRES EN OAXACA

La Mañanera de Sopas de Perico
LA NECROPOLÍTICA COMO DIVISA; EL OPORTUNISMO DETRÁS DE LA TRAGEDIA EN OAXACA 

Cipriano Bernal Gazdás 


En el tablero de la política mexicana, la tragedia humana ha dejado de ser motivo de duelo para convertirse en el combustible preferido de la especulación electoral. 

El homicidio de Alejandro Leyva Aguilar —integrante de la secretaría de prensa del Comité Directivo Estatal del PRI en Oaxaca y plumífero bajo el seudónimo de "El Zumbido del Moscardón"— no es solo un crimen que lacera a la sociedad y al gremio periodístico; es, ante todo, el pretexto cínico que la oposición ha decidido instrumentalizar con precisión quirúrgica.

Resulta, por decir lo menos, una paradoja de la polarización actual que un funcionario partidista de la cúpula priísta fungiera simultáneamente como crítico frontal desde la trinchera periodística. Pero más allá de la naturaleza de su pluma, el verdadero enigma radica en la inmediatez con la que actores de ideologías supuestamente antagónicas —como el Partido del Trabajo, representado por Benjamín Robles Montoya, y la vieja escuela del clan Murat, a través de José Nelson Murat Casab— se sincronizaron para capitalizar el féretro.

¿A quién beneficia el crimen?
En política, la máxima de la indagatoria criminal siempre exige responder a una pregunta fundamental: ¿Quién gana con este desenlace? 

Pensar que el gobierno estatal encabezado por Salomón Jara, emanado de Morena, ordenaría o se beneficiaría de la ejecución de un crítico es, cuando  menos, un ejercicio de ingenuidad política o una falacia deliberada. 

Asesinar a un opositor en pleno corazón de la máxima fiesta de los oaxaqueños, la Guelaguetza —el escaparate turístico y político más sensible del sexenio—, equivale a colocar una bomba en la línea de flotación de la propia administración estatal. Ningún gobierno en su sano juicio busca dinamitar su estabilidad en su momento de mayor exposición pública.

Bajo esa óptica, el atentado contra Leyva Aguilar se convierte en un boomerang para el oficialismo, pero en un maná político para sus detractores. ¿Quiénes son, entonces, los verdaderos beneficiarios de lucrar con el dolor?

Vemos a una oposición con una sincronía de buitre: Murat y el PT.
Tras el homicidio, la maquinaria mediática del PRI, secundada con entusiasmo sospechoso por el PT de Benjamín Robles Montoya, se activó con la precisión de un reloj suizo. Los discursos de José Nelson Murat Casab y de Robles Montoya no guardan solo una coincidencia ideológica coyuntural; exhiben una sincronía estética y discursiva que raya en la autoría compartida. Ambos, con una retórica artificiosa, invocan la justicia y la libertad de expresión no para esclarecer el crimen, sino para erigirse en fiscalizadores morales de un régimen al que buscan derribar a costa de lo que sea.

Esta pinza política entre el priísmo tradicional y el petismo opositor local revela la silueta de un proyecto maquiavélico de mediano plazo. En el horizonte oaxaqueño ya se vislumbra la disputa por la próxima gubernatura de dos años, un periodo de transición que enciende las ambiciones más desmedidas y justifica cualquier estrategia de desgaste.

Los opositores a Jara muestran una política sin escrúpulos. La tragedia de Alejandro Leyva Aguilar desnuda la peor cara de la clase política: aquella que ve muertos rentables y muertos descartables. Mientras los deudos lloran una pérdida irreparable, los operadores del viejo régimen y sus aliados circunstanciales afinan los boletines, calculan los tiempos en medios y montan tribunas sobre la sangre ajena.

Si en la política mexicana "todo se vale", como reza el pragmatismo más cruel, la democracia ha quedado reducida a un ejercicio de cinismo puro, donde la vida humana vale menos que una inserción pagada o un desplegado con dedicatoria electoral. Oaxaca merece verdad y justicia, no oportunismo de carroñeros disfrazados de tribunos que se regodean en la muerte y se rasgan la vestidura en público y en lo privado gozan el dolor ajeno para beneficio político.

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